El fotógrafo chileno Cristián Quezada retrata el barrio de Lavapiés


El chileno Cristián Quezada, que se dio a conocer al ganar la última edición del concurso de fotografía organizado por el festival El Ojo Cojo, habla de Lavapiés desde la óptica de su lente, que sigue el día a día de uno de los barrios más castizos de la capital.
JÉSSICA MARIDUEÑA G.

El inmigrante santiaguino Cristián Quezada, ganador del premio de fotografía de la última edición del festival El Ojo Cojo, está enamorado de todo lo que representa Lavapiés, uno de los barrios más mestizos de Madrid, perteneciente al distrito Centro, en el que convergen más de 80 nacionalidades distintas. En la zona reconocida en sus orígenes como la judería se siente gustoso, y en su rostro se denota que disfruta. Quezada, que ha sido colaborador de los diarios Últimas Noticias y La Tercera, de Chile, explica a SÍ que lo ve como un espacio «entretenido », del que le llama la atención todo lo que percibe y observa a su alrededor: desde su olor, que entrevera especias que provienen de fogones hindúes, iberoamericanos y de más lugares insospechados del planeta, hasta el temor que se respira por la presencia policial, que es permanente en esta zona, afirma. En torno a este último tema se muestra reiterativo. Dice que le lla-ma la atención el número de agentes que se instalan en la plaza de Lavapiés.

«Hay más policías de lo normal en relación, por ejemplo, a mi barrio, donde el control es rutinario sólo durante los fines de semana. En Lavapiés hay intranquilidad por las redadas », asegura, e incluso él mismo dice haberse contagiado del temor que se percibe. Unido al barrio Pese a este hecho, destaca que si no hubiera llegado aquí, hubiera venido igual a conocerlo de una u otra forma por motivos fotográficos, porque es una zona llamativa por la interacción de las personas de tantos lugares. «Tanta gente así se ve sólo en el metro, pero aquí la ves de manera cotidiana», explica. «Lavapiés tiene un poder especial, la luz de la mañana es fortísima, en el suelo se refleja un montón», añade. Cuando se le cuestiona sobre un olor que le recuerde al barrio, que recorre diariamente, le echa sentido del humor y responde: «A curry». No hay momento en que no se sienta motivado a grabar un instante fotográfico.

La multiculturalidad, la arquitectura, el estrés, la alegría o la tristeza de su gente son una mixtura que le atrae cual metal hacia un imán. Llegó hace más de medio año a España y se involucró con la organización de El Ojo Cojo en su festival. Aunque se instaló en Malasaña, otro barrio del distrito Centro, la mayor parte de sus horas discurren en Lavapiés, algo que le ha permitido estrechar más su vínculo con lo que percibe en calidad de fotógrafo, y parece enamorado de todo lo que encuentra allí a su paso. «Yo lo veo como un barrio muy atractivo visualmente. Estas mezclas de culturas son muy interesantes. Esto de que puedas ver árabes, negros, chinos y latinos es, en realidad, entretenido», dice, aunque más allá de eso reconoce que es difícil captar una instantánea que ilustre lo que sus ojos observan. «Es complicado, la gente tiene temor de que su imagen sea captada, piensan que eres policía y tienen miedo de ser identificados», afirma. La interrelación en este sentido es casi imposible. De hecho, en la mayoría de los casos, cuando realiza fotos tiene que borrarlas, ante el pedido de los protagonistas.

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